Interes Provinciales

El fortín de El Morro, un valiente testigo de los ataques ranqueles

Fue utilizado para defenderse de las embestidas de los malones que venían de La Pampa y azotaban la zona en los siglos XVIII y XIX.

Todavía en San José del Morro quedan restos del fortín que fue testigo de las batallas contra los malones ranqueles que azotaban la región con ataques sorpresivos para devastar el pueblo.

A fines de 1778 se instaló el fuerte, justamente para ser utilizado como defensa ante los ataques de los originarios, proteger las comunicaciones y el comercio entre Cuyo y el Litoral y vigilar la frontera.

La guía del Museo San José, Mariana Luna, contó que “el General San Martín paso en 1818 con su ejército de granaderos, mientras los preparaba para la campaña libertadora de Chile y Perú. En su estadía en el pueblo, los soldados le enseñaron a los vecinos algunas tácticas para defenderse de los malones”.

Los restos del fuerte están ubicados en la esquina de General Juan Pedernera y General San Martín; y pertenecen a una casa de familia, por lo tanto es un solar privado y no se puede visitar.

El Morro fue posta en el Camino Real que unía el Virreinato del Río de La Plata -posteriormente Buenos Aires- con la capitanía de Chile. La ruta entraba a la provincia por la posta del Portezuelo, luego se dirigía a la Posta del Morro, continuaba al Oeste del río Quinto y se dirigía hacia San Luis. También tenía continuidad al oeste, para cruzar la cordillera de los Andes y llegar a Chile.

El pueblo fue escenario de numerosos combates contra los ranqueles que venían de La Pampa. Como demostración real se encontraron restos fósiles al construirse la plaza, un claro testimonio de varias luchas. Contra el español que buscaba agrandar sus dominios y contra los indios que querían defender sus tierras. En 1854, Tristán de Tejeda batió heroicamente a los clanes sureños. Allí también el feroz cacique Yanquetruz destrozó a las milicias llegadas desde Córdoba, Mendoza y San Luis.

“La gente siempre pregunta dónde está ubicado y se sacan fotos. Les llama mucho la atención el fuerte”, reveló Luna. La secretaria de Cultura de la Municipalidad de San José del Morro, Mari Silvia Páez, recordó que “en el fuerte estaba el 5º Regimiento de Dragones de la Unión, que estaba a cargo del primer comandante Miguel de Quiroga. Luego fue su hijo, el general Esteban de Quiroga, y más tarde José Quiroga, los que ejercieron el mando”.

Como la función era defender a la población de los posibles ataques de aborígenes, el fortín tenía un mangrullo en el centro de la construcción. De ese modo vigilaban el acercamiento de los ranqueles y de cualquier extraño para poder tomar acciones preventivas. Su altura era de 10 metros, estaba construido con tablas y troncos, coronándose con una plataforma en la parte superior. “Funcionaba como divisadero y los soldados se turnaban en el puesto para observar si se aproximaba un malón. Por lo general llegaban del sur y eran ranqueles”, relató Páez.

La construcción estaba rodeada por una pared de adobones que tenía dos metros de alto. Adentro del sitio había tres cuadras para la infantería y otras tres para la caballería. También existía una pieza para el oficial de guardia, una cocina para la tropa y una sala donde estaba todo el armamento. Los techos eran de paja. “Había un corral construido con palos donde estaban los caballos y un pozo de agua. La iluminación era a través de candiles que estaban alimentados con aceite de potro, colocados dentro de un asta de buey”, agregó Páez.

Con los soldados colaboraban paisanos de los alrededores, siempre dispuestos a combatir.  “No tenían uniforme ni vestimenta adecuada, ni tampoco instrucción militar. Eran voluntarios y estaban mal pagos. No tenían un sueldo digno, pero ayudaban a defender la gente del pueblo y las estancias de la zona”, destacó.

Uno de los últimos malones de los que fue testigo el fortín provocó la feroz batalla de 1866 en el Cerrito de la Avanzada. “Los soldados fueron a atajarlos para que no entraran al pueblo en el cerro. Había un grupo integrado por 106 efectivos y luego otro compuesto por paisanos que hacían un total de 64. Tras largas horas de lucha, ganaron los criollos”, contó Páez.

De acuerdo a la funcionaria, en esos combates peleó su bisabuelo, que se llamaba Crevico Orozco. Sufrió el ataque de uno de los ranqueles con una lanza, que le atravesó y le cortó los tendones de una mano. Su hijo Lorenzo Zapata también perteneció al Regimiento de Dragones de la Unión.

“Mi tatarabuelo materno fue un criollo que creció en el campo. Nació en 1825 y siempre fue un hombre de a caballo, como muchos pobladores de El Morro. Dominaba la monta en forma maestra y era su amigo predilecto, al igual que el lazo y el cuchillo. La actividad diaria del campo lo llevó a realizar trabajos duros como rastrear, campear, trenzar lazos y con cuchillos, carnear, enfrentar  a pumas e indios de la zona. Esos momentos le dieron un temple y una gran actitud para la lucha. A los 17 años fue arrastrado a la frontera, en aquellos arreos de la campaña militar de los que nadie se salvaba y de los que era imposible desertar. Allí se quedaban poniendo el hombro por la Patria en su carácter de soldados”, dijo.

Páez recordó que cuando el general Pablo Lucero estaba a cargo del fuerte y del Regimiento de Dragones de la Unión, fue el que instauró el uniforme de la milicia, que consistía en un cotón rojo y pantalón azul.

Narración del combate

A continuación, la narración de Crevico Orozco, sobre el combate en el Cerrito de la Avanzada, que le causó una lesión en la mano derecha, dejándosela semicerrada. Fue un relato trasmitido de generación en generación a los descendientes.

“Era ya de mañanita cuando apareció un grupo como de 50 indios, traían 500 yeguas y 3 mil vacas. Habíamos salido del fortín para perseguirlos y tratar de quitarles el arreo… desde lejos se escuchaba el balido de la hacienda y los gritos de la indiada. En cuanto nos vieron, se juntaron haciendo un círculo con las cabezas de los caballos para adentro, mientras otros en el centro hablaban. Enseguida, blandiendo las lanzas y haciendo molinetes dejaron el arreo y nos atacaron entre el griterío de siempre. Nosotros nos habíamos formado en cuadros en el lado sur del Cerrito la Avanzada y cuando estuvieron cerca, desmontaron. Cuando íbamos a encontrarnos se nos vino de golpe una cerrazón tremenda, no se veía a 10 pasos, los hombres se distinguían cuando estaban encima y con sombras, y así entramos a pelear, casi sin vernos, por lo que debimos cambiar la treta y enfrentarnos cuerpo a cuerpo por una o dos o tres horas, hasta el mediodía que se despejó… por todos lados aparecían muertos y heridos que se quejaban, pero como el arreo había seguido la marcha alejándose, los indios volvieron a montar y desaparecieron. Nosotros no los seguimos porque la verdad no nos quedaban muchas ganas y teníamos los mancarrones aplastados. A mí me habían tirado un lanzazo, lo que hizo que para esquivarlo agarrase la lanza con la mano derecha y eso llevó a que se me cortasen los tendones de la mano y no la pudiera mover, pero los indios no avanzaron al pueblo”.

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