Interes Nacionales Provinciales

“Soy una mujer común, a la que la vida la provocó y sacó de adentro una guerrera”

Cooltura charló en exclusiva con la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo. Reflexiones de una mujer que asegura que de política no sabía nada; que aprendió de peronismo gracias a Laura, su hija desaparecida; y que considera que el aborto debe ser legal.

La primera vez que llegó a la Plaza de Mayo “temblaba como una hoja”. Se quedó parada, casi petrificada, mirando al grupo de mujeres que daba vueltas. Había viajado desde La Plata con el dato de que allí las madres y abuelas reclamaban por sus hijos y nietos desaparecidos. “Caminá, que no te va a pasar nada”, le dijo una mujer que la tomó del brazo y la arrastró hacia la marea imparable. La vida de Estela de Carlotto jamás volvería a ser la misma.

De esa directora de escuela, mamá de tres hijos y ama de casa ya que – daba poco y nada. Estela renunció a su trabajo para convertirse nada más y nada menos que en una Abuela de Plaza de Mayo, agrupación que la contuvo y le dio fuerza para afrontar su lucha: encontrar a su nieto Guido, el hijo de Laura, su hija desaparecida y muchos otros bebés más. Lucha que las llevó a estar tres veces nominadas al Premio Nobel y, aunque no se concretó el galardón, ella asegura que es un re conocimiento a la mujer argentina. “Los que nos odiaban, y nos siguen odiando, cuando marchábamos en la Plaza de Mayo nos llamaron locas, nos decían que éramos mujeres e íbamos a durar poco en eso, que nos íbamos a volver a nuestras casas derrotadas. La lucha de la mujer argentina es muy fuerte. Han surgido grupos demandantes de mujeres en busca de la igualdad, de ocupar espacios políticos y empresariales a la par del hombre. La primera organización que nos abrió sus puertas para poder reunirnos clandestinamente en dictadura fue la Unión de Mujeres Argentinas (UMA)”, contó Estela en una entrevista exclusiva con Cooltura.

Ella, la mujer que “sólo votaba cuando le tocaba”, tuvo que inmiscuirse en una militancia que casi le era ajena. “Tuvimos que aprender un montón, nosotras no éramos políticas, no sabíamos nada. Yo tenía una confusión bastante grande por vivir en una ciudad muy ‘gorila’, digamos, entonces una se contagia de eso. Yo al peronismo no lo quería, quien me enseñó a conocer qué era fue Laura, y mis otros hijos.

 

Frente a la vigilancia militar que prohibía reuniones o manifestaciones sociales en público las abuelas encontraron una solución para ejercer su reclamo: tendrían que caminar por la plaza y así, en movimiento, evitarían ser reprimidas.

 

Así que de esa mujer tonta, idiota útil, como digo yo, pasé a ser esto que soy ahora”, relató. Es que Estela no duda a la hora de definirse: “Soy una mujer común, a la que la vida la provocó y sacó de adentro una guerrera. Y mientras viva voy a seguir buscando, en paz y desde el amor, justicia. Y para que esto que me tocó vivir a mí no lo tenga que vivir ninguna mujer más”.

En agosto de 2014 una sospecha se convirtió en un llamado de confirmación: el nieto de Estela había aparecido. Guido Montoya Carlotto, ese niño con el que tanto había soñado, era Ignacio Hurban, un músico de 36 años. Él fue el 114 de los 128 nietos hasta hoy recuperados, quienes hoy son parte de la organización y continúan la búsqueda que muchas abuelas no pudieron finalizar. “Faltan 300 o más nietos. Nosotras no vamos a alcanzar a encontrarlos, pero los nietos que sí encontramos son nuestro relevo”, dijo Estela.

—¿Qué sintió cuando encontró a su nieto? —Me cayó una luz de alegría, un milagro hecho realidad y el deseo de verlo cuanto antes. Es como lo soñé y más todavía. Es buenísimo, no se parece físicamente a Laura. Es un gran músico y una gran persona. Y me ha dado la alegría de una bisnieta. Laura es abuela, desde donde esté estará contenta. Y él es feliz.

—¿Qué recuerdos de su hija le han servido para fortalecerla y seguir adelante con su lucha? —Ella era muy madura, se casó a los 18 años. Una chica que no se doblegaba, empecinada. Cuando la quisimos sacar del país, porque estaba matando permanentemente a estudiantes en La Plata, se negó rotundamente. Yo le insistí en que se fuera, le dije que la iban a matar. Me dijo: ‘Mamá nadie quiere morir, todos tienen un proyecto de vida, pero miles de nosotros vamos a morir y nuestra muerte no va a ser en vano’. Yo pienso que una chica así, con esos valores, con esa decisión, es una heroína, es una mujer que da todo. Y yo la vi dar todo, entregó todo para su militancia. Fue una generación excepcional. Cómo no voy a estar luchando por ellos y por todos los que acompañaron mi lucha, por mi marido, tan sacrificado, compañero, que me esperaba a que yo volviera de cada viaje, lo dejé cuidando todo, la casa, los chicos.

—¿Cómo cree que la vería Laura hoy? —Ella me vería como me vio siempre. Porque en su cautiverio le dijo a sus compañeras: ‘Mi mamá no le va a perdonar a los milicos lo que me están haciendo y mientras viva los va a perseguir’. Cuando ella dijo eso yo todavía era una mujer no formada para esto, imposible pensar que yo iba a salir a la calle a hacer nada, no me gustaban las aglomeraciones ni las marchas ni nada. Me conocía más ella que yo, ella sabía cuánto yo la quería y seguramente ya sabía que la iban a matar.

Estela no le tiene miedo a nada. No porque se crea invencible sino porque siente que “lo peor ya pasó”. No tiene miedo hoy ni tampoco lo sintió el día que quisieron matarla y balearon su vivienda en La Plata, en el 2002.

Esa madrugada, cerca de las tres, tres disparos de escopeta calibre 12.7 tipo itaka impactaron en su casa. “Cuando me quisieron matar vi que me habían disparado con las mismas balas que mi hija Laura tenía depositadas en su cráneo. Yo lo peor ya lo había vivido, ¿de verdad pensaron que me iba a dar miedo?”, expresó. Pero sabe que el temor también paraliza, por eso no tiene resentimiento para los tantos argentinos que sabían cosas y decidieron callar. “Hay que disculparlos”, dice, con el temple de una mujer que supo encontrar valor frente al dolor más grande. “Enfrentarse a esos monstruos fue terrible”, recuerda.

—¿Cómo ve la juventud hoy de Argentina? —La juventud es un verdadero tesoro. Es una juventud movilizada, pensante, comprometida. Los vemos en las actividades que convocamos, marchas, o cuestiones de lucha de los Derechos Humanos, siempre están. Hay que cuidarlos para que no les pase nada, para que no haya que lamentar nada. Yo creo que hay un despertar en muchos de ellos porque nosotros vamos mucho a las escuelas y chicos de 11 o 12 años nos preguntan qué pueden hacer, a dónde pueden ir. Yo les digo que lo principal es estudiar, respetar al diferente, ayudar al compañero que lo necesita.

Unirse, formar grupos, enseñarles a ser solidarios y agruparse en vocaciones. Esos grupos después desarrollan grupos sociales y así pueden intervenir a la edad adecuada de actividades políticas de pensamiento, de decisión y políticas partidarias. Yo a veces les digo, un poco en broma, que no sabemos si alguno de ellos el día de mañana será el próximo presidente. La juventud hoy ya empieza desde temprana edad, desde la adolescencia, a tener presencia en las calles.

—¿Qué piensa acerca del aborto? —Yo creo en el derecho de la mujer a disponer de su cuerpo. Si hay una violación, incapacidad, o algún delito y la mujer decide, es su cuerpo. Es como si los hombres quisieran pintarse el pelo de verde, nadie les diría nada. Es el derecho de disponer de su vida con libertad. Considerarlo un delito es grave y hay que legalizarlo para que no mueran mujeres que dejan hijos huérfanos por un aborto clandestino. El que acepta los abortos clandestinos es malvado al no recocer la necesidad de la Ley y el que dice que no es cierto que pasan, miente. Los países que tienen esta ley han bajado sus índices. Hay que salvar las vidas que están visibles, que tiene hijos, amores, deseos y que no tiene por qué morir porque el Estado no las asiste.

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